10.1.06

10 de enero de 2006

Esta semana toca censo de aves acuáticas invernantes. Hoy he pasado tres horas contando gaviotas (sobre todo reidoras), limícolas, cormoranes... Esto de los censos no es tarea fácil. Si nunca has participado en uno, no sabes lo que te pierdes. Las emociones más intensas se suceden como los camiones en la entrada de un polígono. Cuando estás a punto de terminar de contar los correlimos, uno de ellos se asusta no se sabe por qué y echan todos a volar gritando de pánico y formando una, dos o tres encantadoras nubecillas. Tarde o temprano se posan, claro. Y a volver a empezar, pletórico de gozo. Luego te pones con los chorlitos. Cada uno de ellos parece saber que le estás asignando un número. Te miran con expresión medrosa. Se esconden sigilosamente tras los juncos. Ocultan la cabeza bajo el ala mientras se alinean para que no sepas si estás viendo uno o tres de ellos. Cuando esás a punto de acabar de contarlos, uno de los correlimos se asusta no se sabe por qué, y los chorlitos y los correlimos echan a volar juntos, gritando de pánico y formando una, dos o tres encantadoras nubecillas. Tarde o temprano se posan, claro. Y a volver a empezar, cada vez más enamorado de esta afición que tienes. Cuando ya están los correlimos y los chorlitos, empiezas con los archibebes. Hace un momento estaban todos juntos, pero les has dado tiempo y ahora se han dispersado por toda la ría, tal que un grupo de escolares en un centro comercial. Allí hay uno. Más allá, tres. A ese otro lado vuelan dos. Aquello parece otro... Con aquél ya me llevo... Y entonces... Sí, el correlimos se asusta y bla bla bla y gritando de pánico y bla bla bla y nubecillas y bla bla y claro bla bla, y a volver a empezar, cada vez más entusiasmado.

Las garzas, garcetas y espátulas se cuentan razonablemente bien. Suelen permanecer razonablemente quietecitas, incluso hieráticas, como esculturas paganas cubiertas de plumas y plantadas en mitad del estuario por una inquietante tribu. Sin problema.

Lo que más miedo da, con todo, son las gaviotas reidoras. Hay cientos. Miles. Y tienes que esforzarte por contarlas una a una. Puedes hacerlo de diez en diez, pero tienes tu orgullito ornitológico, así que te armas de valor y empiezas. Undostrescuatrocincoseissiete... Cuando vas por ochocientos y pico alguien te saluda a tu espalda. Te vuelves. Una pareja de amiguetes. Hombre, qué alegría, cuánto tiempo sin veros, qué tal las navidades, etcétera, bueno te dejamos, que vemos que estás liado con tus pájaros, pues sí, ya sabéis, y hoy toca censo, ¿a sí?, ¿qué es eso?, pues bla bla bla y en fin, ya nos veremos, un abrazo, adiós. Undostrescuatrocincoseissiete... Vas bien, vas bien, ya pasas de dos mil, y de nuevo alguien te saluda. Perdone. Dígame, dígame (es un señor mayor encorvado por el peso de los años al que sigue penosamente un perrete negro aún más encorvado). Usted sabe mucho de pájaros, ¿verdad? Hombre, mucho, mucho... Pues yo quería preguntarle cuáles son esos pequeñitos que están todos juntos y corren y pican en el suelo... Se llaman correlimos, píllaras en galego. ¿Y puedo mirarlos por "eso"? Pongo el telescopio a su nivel, le enfoco los correlimos y me conforto en su satisfacción. No hay como instruir deleitando. El perrete no me quita ojo. Como no me lo pide directamente, no le ofrezco mirar también él por mi telescopio, y al final se van. Undostrescuatrocincoseissiete... Y así, por fin, hasta 2846. Bufff.

Todo esto, que no es todo, es absolutamente cierto. No me he inventado nada. Así ha sido mi tarde de hoy. Los resultados, los fríos números, son estos:

Garceta común: 26
Cormorán grande: 53
Charrán patinegro: 1
Andarríos chico: 11
Vuelvepiedras: 18
Garza real: 37
Espátula 3 (1 adulto, 2 de 1er año)
Ostrero: 58
Zarapito trinador: 4
Zarapito real: 1
Zampullín chico: 15
Aguja colipinta: 2
Aguja colinegra: 1
Correlimos común: 401
Chorlito gris: 38
Archibebe claro: 23
Archibebe oscuro: 1
Agachadiza común: 6
Gaviota cabecinegra: 53
Gaviota reidora: 2846
Gaviota patiamarilla: 5
Gaviota sombría: 129
Gavión: 1
Ánade real: 48

Reinaba un sol radiante, pero no te acababas de sacudir el frío. Aunque yo, si me estremecía, era por el grito de pánico de ese correlimos, convocando con eficacia a sus congéneres a otra orgía más de veloces nubecillas aladas.

1 comentario:

Aprendiz de págalos en la Estaca dijo...

Toño, grandiosa historia. Me ha encantado.

Enhorabuena